Credo es un conjunto de palabras por medio de las cuales una persona expresa su creencia en determinada cosa. Creer es tener fe en algo, y la fe es una virtud que nos permite creer en las virtudes de una cosa o de un asunto. El credo es la expresión del Ego por medio de palabras; las palabras son el revestimiento que el Yo da a sus ideas para expresarlas en el mundo físico. La fe tiene por base la percepción íntima de la verdad.
Todas las religiones tienen su credo. La religión judía, basada en la Biblia, cree en un Dios invisible, Todopoderoso, etc. La Iglesia católica tiene su credo que dice: «Creo en Dios Padre todopoderoso, creador del cielo y de la tierra, etc.» Los mahometanos también tienen su creencia especial: «Sólo hay un Dios, Mahoma es su profeta». El budismo cree en la felicidad inefable del Nirvana y en las cuatro verdades excelentes, que son: el dolor, la producción, la cesación y el camino. En fin, todas las religiones tienen su creencia fundamental, es decir, aquello que constituye su credo.
Nuestro credo tiene, en cada frase, un significado oculto; cada palabra simboliza una verdad que, a primera vista, está oculta.
Ahora analicemos al Yo inmortal y su credo. El Yo es la esencia de todo lo que puede existir en el Hombre. El Yo no se confunde con lo físico, lo astral o lo mental; es el hombre espiritual, es el espíritu puro que, después de pasar por los diversos planos superiores al nuestro, vuelve a tomar otro cuerpo, es decir, reencarna, y sigue así su curso de muertes y renacimientos a través de la gran cadena de vidas sucesivas, hasta cumplir el plan de Dios y llegar a reunirse con el Gran Todo. Es, pues, la creencia de este Yo lo que expresamos en nuestro credo.
Todos somos hijos de la Naturaleza, la escuela donde aprendemos los más valiosos enseñamientos; es ella la que nos presta todo el material para nuestras experiencias y, finalmente, nos da el cuerpo, un vehículo perfecto del que nos servimos en este ciclo de evolución. A continuación estudiaremos, parte por parte, o mejor dicho, en siete partes —es decir, los siete párrafos— de que se compone el credo.
La primera parte del credo dice: «Yo creo en la unidad de Dios, en el Padre como entidad impersonal, inefable y no revelada, que nadie ha visto, pero cuya fuerza o potencia creadora fue plasmada en el ritmo perenne de la Creación». Dios es el principio absoluto de todo lo que existe; no tiene persona determinada, y su formación no se puede explicar con palabras. Los siguientes pensamientos pueden ayudarnos a formarnos un concepto más o menos exacto: Dios ES. Dios es espíritu. Dios es eternamente Dios. Dios es Luz espiritual.
Todo lo que vemos y todo lo que nos rodea en la naturaleza es la cristalización del pensamiento divino; se le llama Dios, Naturaleza o Fuerza. Todo lo que se mueve y existe en la Naturaleza está animado por la fuerza divina emanada del Dios único, que es la fuerza inteligente, universal e invisible.
El Dios en quien los gnósticos creen no es el Jehová de los hebreos, el Brahma de los hindúes ni el Dios de los católicos en la forma en que cada una de esas religiones lo presenta. Nuestro Dios es desconocido, tal como lo es para los Vedas y como lo era para los sabios de Atenas. Podemos afirmar que los incas tenían una concepción más clara de Dios, asemejándose así la sabiduría incaica a los enseñamientos de la Fraternidad R.C., que efectivamente tienen el mismo origen. Ellos —me refiero a los incas— adoraban a INTI, pero es preciso no confundir el símbolo con la cosa simbolizada. El Sol era el símbolo; sin embargo, la idea que tenían de Dios era muy diferente, pues no podían explicarla en su lenguaje ni concebir en su mente la verdadera naturaleza de Dios, del mismo modo que los R.C. no pueden definir ni concebir lo que realmente es Dios.
La fuerza o potencia creadora de ese Dios se manifiesta, visible o invisiblemente, en toda la Creación. Esa fuerza se manifiesta en los millones de sistemas celestes que pueblan el espacio; se manifiesta en el Sol, centro de nuestro sistema planetario; en la Tierra, en los seres vivos, en fin, en todo lo que existe. Esa fuerza se manifiesta en los minerales, en los vegetales, dándoles vida a las plantas, desde el inmenso pino de los campos hasta los diminutos hongos; en los animales, dándoles movimiento y existencia propia; se manifiesta en lo que podríamos llamar el reino humano, dotando al hombre de vida y existencia individual.
Esa fuerza o potencia creadora se manifiesta en la Tierra, haciéndola girar en torno al Sol y sobre sí misma; en la Luna y en los demás planetas del sistema solar, prestándoles movimiento, ritmo y, por último, se manifiesta en los miles y millones de estrellas que llenan el infinito.
Al estudiar el Cosmos a la luz del ocultismo, vemos que esa misma fuerza también se manifiesta en los éteres o tatwas; es la Luz interna que nos anima.
No es necesario que yo dé más detalles ni explicaciones para comprobar la manifestación de esa fuerza, pues sería muy extenso; bástanos la afirmación de que esa fuerza creadora se manifiesta en TODO, y esta idea de TODO nos hará comprender la primera parte del Credo.
Esa Fuerza es la que mantiene la forma de los minerales y de todos los cuerpos sólidos; mantiene el agua, el aire y los otros elementos en sus respectivos estados; hace circular el aire en la atmósfera y produce calor.
La física nos enseña que todo movimiento es producido por la energía, pero ¿qué es lo que actúa detrás de esa energía? Indudablemente, esta pregunta nos llevaría al terreno de las nuevas teorías sobre la constitución de los átomos y, sin embargo, para responderla basta con volver a considerar la idea de lo que es TODO.
El credo dice: «en el ritmo perenne de la Creación». El ritmo es armonía; la fuerza divina fue plasmada en la armonía incesante del Cosmos. Esa armonía existe en toda la Creación: en el espacio, donde la infinidad de mundos y sistemas de estrellas está sometida a una ley; en nuestro sistema solar, donde también existe la inevitable ley de armonía, y la prueba de esto es que un planeta no choca con otro, ni Júpiter es atraído por el Sol. Existe una armonía y ritmo en todo lo que existe, desde el átomo, que posee un movimiento perenne y armonioso, incesante y rítmico; en el átomo, los electrones giran en torno a un núcleo, y en el sistema planetario, los astros giran obedientes a esa armonía en torno al Sol. Hay una ley que rige TODO.
Pasando a la segunda parte del credo: «Yo creo en María, Maya, Isis o fuerza física simbolizando la Naturaleza, cuya concepción e iluminación revelan la manifestación de lo eterno». Pocas palabras diremos a este respecto. María, en Occidente; Maya, en Oriente; Isis, en Egipto, son símbolos que significan la misma idea: la MADRE NATURALEZA.
La tercera parte del credo dice: «Yo creo en el misterio del Bafômet». Misterio es arcano o secreto del bode del Sabbat; estos ven un simbolismo donde los profanos perciben una figura nefasta. Quintino Lopes Gomes, en su libro Magia Teúrgica, dice lo siguiente: «El bode del Sabbat es una figura capaz de meter miedo a los de menos fibra. El Diablo está de cuerpo presente; los signos que traza con las manos parecen amenazas siniestras; su cabeza, sus pechos, su vientre, todo en él presagia no se sabe qué, pero indudablemente fatídico; causa horror; con esto se dice todo. Y, sin embargo, ¡cuán diferente es la expresión esotérica de este símbolo! Representa la Magia, la Sabiduría del Absoluto. La llama colocada entre sus cuernos es el reflejo de la inteligencia equilibrante del ternario; su cabeza sintética, mezcla de perro, toro y asno, representa la responsabilidad de la materia y la expiación de las faltas corporales; sus manos humanas recuerdan la santidad del trabajo y, haciendo el signo del esoterismo, arriba y abajo, recomiendan el misterio a los iniciados y les señalan dos cuartos lunares, uno blanco y otro negro, para indicarles las relaciones del bien y del mal, de la misericordia y de la justicia; tiene el bajo vientre cubierto, imagen de los misterios de la generación universal, expresada solamente por el símbolo del caduceo; su vientre escamoso refleja los apetitos desordenados de la carne; el semicírculo que separa del pecho es el emblema de diferenciación entre el mundo físico, el moral y el intelectual, entre el mundo de los hechos, el de las leyes y el de los principios; las plumas que lo cubren, desde los pechos hasta la región umbilical, de diversos colores, traducen místicamente los varios sentimientos; los pechos de mujer que exhibe son signos de maternidad; y estos, junto con los del trabajo, son la única redención posible; y, finalmente, el pentáculo que lleva en el frente, emblema de la voluntad consciente dirigiendo las cuatro fuerzas elementales, revela igualmente la inteligencia humana, por la punta que tiene vuelta hacia lo alto, y la inspiración divina, por estar perpendicularmente debajo de la llama que le sirve de corona».
El cuarto párrafo del credo dice: «Yo creo en una iglesia trascendente, superior, mantenida en las almas puras, en las Logias Blancas y aquí representada por la Fraternidad Rosacruz, cuya ley es LUZ, AMOR, VIDA, LIBERTAD Y TRIUNFO». Sabemos que los Rosacruces forman dos círculos: uno interno y otro externo. En el credo revelamos la existencia de una iglesia en las Logias Blancas, a la cual sólo podemos ingresar en cuerpo astral y que pertenece al círculo interno. Esa iglesia trasciende épocas remotísimas.
Es superior porque en ella viven los verdaderos adeptos R.C., completamente separados del mundo, y sólo cuando es necesario entran en relación con los hombres con el propósito de proteger la evolución o ayudar de manera benéfica a la humanidad.
«Hay maestros que se materializan y andan por las calles de las ciudades como cualquier persona, y los transeúntes ni siquiera lo sospechan». Allí moran las almas puras que lograron penetrar en el santuario de las Logias Blancas.
La Fraternidad Blanca está representada en el mundo físico por la Fraternidad Rosacruz, y sabemos, conforme a las revistas y los libros del Maestro, que existen esos templos en diferentes partes del mundo; así, hay uno en Egipto, en Rumania, en Transilvania, en Suiza, etc. En fin, diremos que existen templos R.C. donde quiera que haya hombres, sin olvidar que esa localización no es arbitraria.
Las leyes de la Fraternidad son: LUZ, AMOR, VIDA, LIBERTAD Y TRIUNFO. Nosotros buscamos la Luz en su sentido esotérico y místico. El Maestro, en su obra Biorritmo, refiriéndose al Amor, dijo: «Amaos los unos a los otros; esa es la ley suprema. La Ley que rige todo. La Ley que todo armoniza. El ritmo es el amor, y si sabemos cumplir esa ley, todo lo demás conseguiremos con facilidad...».
Pasando al quinto párrafo del credo: «Yo creo en la comunión de las almas purificadas; así como el pan material se transforma en sustancia, creo en el bautismo de la Sabiduría, el cual realiza el milagro de hacernos humanos». Decimos comunión de las almas purificadas porque sólo en las Logias Blancas pueden existir almas puras en su sentido integral. Franz Hartmann, en su novela, describe de forma pintoresca la vida de los adeptos R.C. en las Logias de la cuarta dimensión. El pan material se transforma en sustancia espiritual; el cuerpo físico o la materia se sublima al recibir la luz espiritual. La cena simboliza el sacrificio del Cristo por la humanidad, es decir, la muerte del hombre para liberar al espíritu; en esto podemos vislumbrar otro simbolismo: el sacrificio de las substancias sexuales en el altar de la Naturaleza para conseguir la verdadera Redención. Creemos en el bautismo de la Sabiduría que realiza el milagro de hacernos humanos. El bautismo significa inmersión, baño, zambullida. Simbólicamente, purifica el alma de todo pecado o mácula, y la religión cristiana afirma que el bautismo purifica del pecado original. En otra acepción, es una regeneración. «Bautismo, definen los cristianos, es el primero de los siete sacramentos, considerado como puerta de la vida espiritual del cristiano, instituido por Cristo para elevar a quien lo recibe a la condición de hijo de Dios por la gracia santificante». Y añaden: «La recepción del bautismo es de absoluta necesidad para la salvación». La masonería y todas las Fraternidades Ocultas celebraron la ceremonia del bautismo en sus dos formas, es decir, exotérica y esotérica.
Al estudiar el Evangelio de San Mateo, vemos que Jesús, después de ser bautizado, subió del agua. Simbólicamente, podemos interpretar esta acción de subir del agua como la ascensión de Cristo, que simboliza la materia. De modo que Cristo, el ungido, después de ser bautizado, se elevó espiritualmente, y en esa elevación interior tuvo conciencia de su divinidad y vio inmediatamente que el ESPÍRITU DE DIOS descendía sobre ÉL. Cabe suponer que este acto sea la INICIACIÓN, y este punto merece toda nuestra atención: lograr conciencia de Dios en nosotros, es decir, la Sabiduría y la realización del EGO, o sea también la Unidad con el Gran Todo, en su sentido místico y oculto.
El sexto párrafo dice: «Yo creo, es decir, conozco y reconozco, la esencialidad de la vida concebida como un todo, sin fin cronológico, que abarca una órbita fuera del tiempo y del espacio». «En las regiones invisibles, en la región de la realidad, en el Más Allá, que está fuera de los dominios de Maya, el tiempo y el espacio se anulan». Abriendo un paréntesis en esta parte, diremos algo acerca de Maya o ilusión. El Maestro, en su revista, dijo que Maya o ilusión no existe, ya que el Cosmos es tan real y positivo que los orientales, especialmente los hindúes, al aludir a Maya, sostienen un gran absurdo.
La materia existe y tiene varios estados más elevados de vibración, de modo que «nada puede existir, ni siquiera Dios, sin el auxilio de la materia». El Maestro, en un artículo titulado «EL CHRESTUS CÓSMICO», entre otros datos relativos a este estudio, escribió: «Los gnósticos y los Rosacruces, por más espiritualistas que sean, podrían llamarse materialistas si atendieran a la propia concepción de que nada puede existir, ni siquiera Dios, sin el auxilio de la materia. Lo que hacemos es estudiarla minuciosamente en su estado más físico, reconociendo que nada espiritual tiene concreción por ser un hilo prolongado de la Materia, y nada material puede tener realidad por ser una extensión del Espíritu. Existe, pues, un punto medio en que la Materia y el Espíritu interceden y forman la Cruz...».
La última parte del credo dice: «Yo creo en el hijo, Chrestus Cósmico, la poderosa mediación astral que enlaza nuestra personalidad física con la inmanencia suprema del Padre Solar». Este punto se relaciona con la Iglesia Gnóstica, pues ella nos enseña a manejar el mediador, es decir, lo astral, por medio del cual se llega a Dios conscientemente. El sexo representa un papel importante; es el centro alrededor del cual se forma toda una religión. Además, como ya dijimos, en la transmutación de las substancias sexuales reside la verdadera redención del ser humano.
Refiriéndose al Chrestus Cósmico, el Maestro dijo: «El hombre necesita un influjo, una conmoción actuante que lo conduzca, y esta existe en los Mantrans Sagrados que ponen en acción las Fuerzas Solares, las Energías Cósmicas y hacen actuar en nosotros al Chrestus». Luego afirma: «Este Chrestus no es Maya, no es una ilusión, ni siquiera un simbolismo. Es algo práctico, real y evidente; es el Logos y, como tal, tiene su resonancia, su tonalidad. Los gnósticos aprendieron a manejar ese Chrestus, esa FUERZA-LUZ, ese mediador y redentor, y en él realizan los actos de MAGIA BLANCA, como sucede en la Unión Eucarística».
«Para aclarar este punto aún más, sería necesario un trabajo aparte. Aquí termina la interpretación de las diferentes partes del credo».
Al analizar en conjunto, las partes principales del credo pueden ser cuatro: «la creencia en la Unidad de Dios, en la Naturaleza, en la Magia y en la Iglesia Gnóstica». Observando desde este punto de vista científico, comprobamos la evidencia de estas ideas. La Ciencia admite la existencia de algo que se encuentra en todo y en todas partes, como una fuerza viva y personal, tal como enseña Flammarion en una de sus obras, en la cual, refiriéndose al Dios de la Naturaleza o de la Ciencia, dijo: «Nuestro Dios de la Naturaleza permanece inatacable en el seno mismo de la Naturaleza, fuerza íntima y universal que gobierna cada átomo de materia, forma los organismos y los mundos, principio y fin de las creaciones que pasan, luz no creada que brilla en el mundo invisible y hacia la cual se dirigen las almas, oscilando como aguja imantada que sólo queda en reposo cuando se identifica con el grado del polo magnético».
En cuanto a la Magia, diremos que la Ciencia, en su progreso, va asimilando cada vez más las verdades supremas enseñadas a los Iniciados desde las edades más remotas. Y nosotros sabemos que la Magia es la Sabiduría Suprema dentro de todo lo que el hombre puede saber, constituyendo, además, la parte esencial de todos los conocimientos humanos.
Antes de terminar, quiero resumir todos los puntos a los que me referí, a fin de que las verdades expuestas sean perfectamente comprendidas.
El credo se desprende del ritual R.C., que no es otra cosa sino un himno a la Naturaleza. Este sublime canto, síntesis de los misterios del Cosmos, nos muestra un camino, una disciplina, una vida que debe ser realizada por todos nosotros.
La interpretación del credo es absolutamente personal. Cada Ego, que es libre dentro de la divina armonía del Cosmos, ha de ver con los ojos de su espíritu las verdades que encierra este credo. Ha de tener una visión clara de la verdad en sí misma y tal como es, sin complicar sus propias convicciones y creencias. Vimos que el credo es la expresión pura del Ego y que, así como todas las religiones tienen su credo fundamental, también los R.C. apoyan la ciencia universal sobre una base firme.
Analizamos al Yo inmortal hasta convencernos de que no llega a mezclarse con los cuerpos que poseemos, manteniendo su absoluta libertad.
Estudiamos, como asunto principal, las siete partes de que se compone el credo. En la primera parte vimos cómo la Unidad de Dios se manifiesta en todo y es el sustentáculo y el apoyo de la creación, y así comprobamos que esa fuerza divina se define tanto en el Macrocosmos como en el Microcosmos. En la incesante y eterna armonía del Cosmos, Dios, la Fuerza, la Naturaleza, Jehová, Brahma —llámese de cualquier manera— es lo ESENCIAL.
El Dios de nuestra creencia R.C. es desconocido e indefinido.
En el ritmo incesante del Cosmos, la fuerza divina fue plasmada, y la ley que rige el Universo es la Armonía.
En la segunda parte vimos que María, Maya e Isis son tres símbolos diferentes de una misma idea: la Naturaleza; y la Naturaleza, envuelta por el rito Supremo, se manifiesta en formas innumerables e infinitas.
En el tercer párrafo desvelamos el misterio del Bafômet. El bode del Sabbat, figura nefasta y terrorífica, representa un simbolismo de la Sabiduría en lo absoluto.
En la cuarta parte vimos que los R.C. forman dos círculos: uno interno y otro externo en el mundo físico. La Iglesia santa, que se remonta a épocas distantes y sin génesis, sirve de morada a los verdaderos adeptos R.C., que viven en estados de pureza sublime.
En la quinta parte hablamos luego del simbolismo oculto de la cena y del bautismo. Las substancias sexuales deben ser sacrificadas a una noble aspiración, que es la verdadera Redención del Hombre.
En la sexta parte vimos que la vida del Ego es infinita y eterna, evitando que su existencia sea afectada por la acción del tiempo y del espacio.
Abriendo un paréntesis, dijimos que sostener que todo lo que existe en el mundo es Maya sería el mayor de los absurdos.
Sin el auxilio de la materia, ni siquiera Dios existiría, porque el espíritu y la materia interceden, formando la CRUZ.
En la última parte del credo afirmamos que la Iglesia Gnóstica enseña el manejo del mediador, del Chrestus Cósmico, para llegar a Dios conscientemente. El sexo representa un papel importante en la vida, y alrededor de este magno misterio se desarrolla una Santa Religión; diré una vez más: esperamos únicamente nuestra real y verdadera redención en la transmutación sexual. Los Mantrans Sagrados ponen en acción al Chrestus que vive en nosotros y que tiene su tonalidad especial, el Logos, la Fuerza-luz de la que los gnósticos se sirven.
Al final, analizamos el credo en conjunto y verificamos que se divide en cuatro partes capitales: la creencia en la Unidad de Dios, en la Naturaleza, en los misterios de la Magia y en las verdades predicadas por la Iglesia Gnóstica.
Comprobamos, desde el punto de vista científico, la evidencia de esas ideas.
La Ciencia admite la realidad de Dios como causa de la vida y existencia del Cosmos. Finalmente, afirmamos que la Magia es la esencia de la Sabiduría Humana.
