Yvon Le Loup, conocido como Sédir, nació el dos de enero de mil ochocientos setenta y uno, a las tres de la tarde, hijo legítimo de Hyppolite Le Loup, de treinta y un años de edad, ayuda de cámara, domiciliado en París y ausente, y de Séraphine Foller, de treinta y dos años de edad, doncella, que habita en Dinan, calle Lainerie. La declaración de nacimiento fue hecha por Victor Barbé, doctor en medicina, quien asistió el parto.
Observamos de paso que su nacimiento tiene lugar en plena guerra de 1870. Las privaciones consecutivas a esta guerra y las dificultades después para alimentar a este niño tuvieron una repercusión en su salud. Debió sufrir los efectos de una tuberculosis ósea llamada Mal de Pott. Además, una ceguera casi completa se añadió a su inmovilización. Fue necesario cuidar sus ojos y cuando pudo levantarse, sufrió una caída que le ocasionó una fractura de la pierna. Todas estas pruebas y la vida de postrado llevaron al niño a vivir intensamente. El sufrimiento lo hizo madurar rápido, se convirtió en un ser estudioso y ávido de saber.
Su madre, de origen hesiano, le enseñó alemán que hablaría fluidamente.
Habitando París que recorría cojeando, soñaba con ser pastor —en ese tiempo ciertos barrios aún estaban en el campo— a pesar de dones evidentes de calígrafo. Su entorno ya se asombraba de la hermosa escritura y del estilo. A los nueve años, tomó lecciones de violín y se convirtió en un músico bastante bueno.
Su madre, muy creyente, le hizo hacer su primera comunión en la iglesia de Saint Agustin. Luego, entró a la escuela de los jesuitas de la calle des Francs Bourgeois, escuela reputada donde Yvon se distinguió rápidamente por una gran inteligencia.
Muy observador, se convirtió en un fino dibujante y habría querido dedicarse a la pintura. Música, dibujo, literatura, extraordinariamente hábil con sus manos, sin embargo, tuvo que ceder a las exigencias de sus exámenes.
Su padre, soldado del 70 imbuido de disciplina, comprendía mal el refinamiento de este niño silencioso y de aspiraciones elevadas —los estudios también demandaban grandes sacrificios de dinero— y tan pronto como aprobó el certificado de estudios superiores el 10 de julio de 1883 y el bachillerato de enseñanza secundaria especial en agosto de 1888, entró al Banco de Francia a cinco francos por día en octubre de 1892 por concurso, tenía 19 años.
Ingresado como agente auxiliar al principio, permaneció veinte años en el mismo servicio de depósitos de títulos, sin jamás buscar intrigar con miras a algún ascenso. Su sector de asignación había sido acondicionado en el anexo Ventadour, próximo al antiguo hotel de Toulouse.
Uno de sus jefes, respondiendo un día a una solicitud de informes escribió: Agente que presta servicios notables, expeditivo y trabajador a pesar de una salud delicada y de la molestia que le causa una pierna que debe mantener extendida bajo su escritorio.
Sus ratos libres los empleaba en hurgar en las cajas de los libreros de viejo en los muelles. Su mamá, siempre inquieta por su salud, velaba por él. Muy temprano también se reveló una intuición que llegaba hasta la clarividencia. Su constante preocupación era la búsqueda del Absoluto, lo que lo llevó muy pronto a buscar a aquellos que podrían satisfacer su curiosidad.
Es en 1889 que su orientación se precisa. No lejos del Banco de Francia se encontraba la Librería de lo Maravilloso. Esta librería, dirigida hábilmente por su director Lucien Chamuel (1868-1936), se había convertido en la casa editorial del Grupo Independiente de Estudios Esotéricos, fundado por el divulgador de las Ciencias Ocultas, Gérard Encausse — Papus (1865-1916).
El Grupo Independiente de Estudios Esotéricos fue creado en París en diciembre de 1889 por Papus, Barlet, Lejay y Chamuel. La inauguración oficial tuvo lugar el 18 de diciembre de 1889 en un local de la calle de Turbigo, puesto a su disposición por Chamuel. Fue Jules Lermina quien abrió el Grupo con una conferencia. Las sesiones siguientes tuvieron lugar en los salones de la Biblioteca internacional de las obras de las mujeres, pasaje Saulnier, que la directora A. de Wolska había puesto graciosamente a disposición del grupo. El 1º de mayo de 1890, el cuartel general del grupo estaba instalado en el 29 calle de Trévise. Al mismo tiempo, Le Voile d´Isis, órgano semanal del Grupo, fue fundado y apareció al principio autografiado.
La librería creada al lado del Grupo tomaba una rápida extensión y tendía a convertirse en una casa editorial. Este éxito permitió un nuevo progreso, y el 12 de noviembre de 1890, el primer número de Le Voile d´Isis, impreso tipográficamente, veía la luz.
A partir de este momento, estando el Grupo sólidamente constituido, las fraternidades iniciáticas de Occidente (Martinismo, Rosa-Cruz, H. B. of L., Gnosis) se agruparon alrededor del Cuartel General a título de Sociedades adherentes. Al mismo tiempo la Sociedad Teosófica veía su propagación detenerse en seco en Francia.
Las operaciones de la librería tenían por objeto sostener y propagar el Espiritualismo. Ningun cobro ni derecho de entrada eran exigidos a los miembros del Grupo Independiente de Estudios Esotéricos; los recursos de los fundadores y las ganancias de la Librería eran consagrados enteramente a la propaganda y a la extensión de las ideas espiritualistas.
En la trastienda del 29 calle de Trévise se encontraba una biblioteca, una sala para conferencias, y un local para las tenidas e iniciaciones martinistas. Es aquí y en esta atmósfera de idealismo, que se presentó Sédir, una noche, para estudiar el esoterismo, según su propia expresión.
Hizo inmediatamente conocimiento con Papus, que acababa de terminar su servicio militar mientras preparaba su doctorado en medicina. La colaboración de estos dos hombres muy diferentes desarrolló entre ellos una gran amistad. Sédir puso primero orden en la biblioteca de Papus y éste le hizo conocer numerosas personalidades del mundo secreto: Barlet, Gaboriau, Jules Lermina, Paul Adam, Émile Gary de Lacroze, Victor-Émile Michelet, Jollivet-Castelot, Julien Lejay, Marc Haven.
Sédir fue llevado una noche al 21, calle Pigalle, a casa de Stanislas de Guaïta quien poseía la biblioteca más completa que existiera. Guaïta había imaginado una Fraternidad Rosacruz compuesta de 6 miembros desconocidos que por medios ocultos podían hacer venir del mundo de los espíritus y de 6 otros hermanos que se reunían cada mes en su interior lujoso.
Papus había creado el Martinismo y pidió a Sédir colaborar en esta agrupación de hombres que retomaba las ideas del rito cabalístico de Martinez de Pasqually y formaba el primer escalón iniciático de la Fraternidad Rosacruz de Guaïta. Éste había echado las bases y como Venerable del Supremo Consejo, leyó el discurso de recepción Sédir, la cual tuvo lugar con gran pompa en su casa, según el ritual de las antiguas Logias Masónicas.
Sédir fue encargado, poco tiempo después de su primer encuentro, de colaborar en las revistas L´Initiation y Le Voile d´Isis, y dar conferencias en la Escuela de Ciencias hermética, revistas y escuela fundadas por Papus. No fue sino un mes después de su entrada en casa de Chamuel que hizo sus debuts de orador sobre Las Ciencias adivinatorias y la Quiromancia.
La colaboración comenzada en 1890 prosiguió diez años consecutivos. Sédir trató allí los temas más variados en relación con las ciencias ocultas, como la Lengua hebrea con Raoul Sainte-Marie, la Alquimia con Jollivet-Castelot, el Hipnotismo con Papus, el Magnetismo curativo con Durville, las Artes adivinatorias con Barlet.
A esto se añadían sus introducciones a libros de hermetismo, traducciones y sus propias obras tratando las mismas cuestiones.
Chamuel dejó la calle de Trévise por el 70 Faubourg Poissonnière. Es él quien, más tarde, cuando su casa editorial fue transferida al 5 de la calle de Savoie, editó, de 1894 a 1898, los primeros artículos y las primeras obras de Sédir.
En 1895, Papus presenta su tesis de doctor en medicina y abre una casa de salud con su padre Louis Encausse, Sédir debe entonces asumir la tarea más pesada de la Facultad de Ciencias herméticas que acababa de instalarse en el 13, calle Séguier donde cada noche daba cursos.
Esta escuela existía desde hacía mucho tiempo. Las personas que se interesaban en el estudio serio y científico de las artes y de los hechos ocultos necesitaban ser guiadas en sus investigaciones a fin de evitar largas e inútiles lecturas. Por otra parte una gran parte de la tradición no debiendo ser transmitida sino oralmente o por manuscritos, la enseñanza oral era indispensable para todo estudiante serio.
He aquí por qué la Escuela superior libre de ciencias hermética, formando el vestíbulo de las sociedades iniciáticas más cerradas, fue creada.
La enseñanza dada estaba repartida en tres años y el trabajo de los alumnos confirmado por diplomas otorgados después de examen. La base de la instrucción era la mutualidad, profesores y alumnos formando una familia de camaradas. Los cursos consistían en el estudio de la lengua hebrea y sánscrita hasta el análisis más minucioso de los hechos ocultos más complicados, basados en la constitución del hombre y del Universo y de sus fuerzas latentes. Para realizar tal programa, hacían falta numerosos facilitdores.
Entre los profesores titulares se encontraban Barlet, Papus, Julien Lejay, el Dr. Rozier, Jollivet-Castelot, Rosabis, Serge Basset... y Sédir, doctor en Cábala y en Hermetismo. Todo bajo la dirección general de Sédir y Serge Basset en el 3 calle de Savoie.
Mientras tanto, en la calle de Ancienne Comédie, tenían lugar las reuniones de la nueva Logia donde Sédir conoció más de cerca a Barlet, quien, por sus relaciones inglesas, lo había arrastrado a formar parte de la Hermetic Brotherhood of Luxor.
Sédir se había también afiliado a la iglesia gnóstica, donde, bajo el nombre de T. Paul, había sido consagrado con el título honorífico y sonoro de obispo de Concorezzo.
Al mismo tiempo, con Marc Haven y Guaïta, hizo peligrosas experiencias de magia en un pequeño gabinete instalado en la calle de Savoie, del cual dirá: Es aquí abajo lo que se paga más caro. Es del resultado de estas experiencias que escribe, entre otras, su Venus Mágica, aparecida en 1897.
Había alcanzado las más altas cumbres del conocimiento y de los poderes, pero fue bastante sabio para desprenderse de ellos tan pronto como comprendió su poco valor y el peligro. En la primera parte de su obra, y aun estudiando las ciencias hermética, Sédir había ya manifestado su atracción hacia la mística cristiana.
Sédir nunca perdía tiempo, siempre en busca de las obras que pudieran ayudarle, no sin participar con una palabra bien colocada en la alegría general. Tenía el don muy particular de poder hacer varias cosas a la vez y es así que era capaz de hacer sumas, 4 columnas al mismo tiempo. Jugaba varias partidas de ajedrez a la vez sin ver las piezas.
Sus investigaciones alquímicas le permitieron encontrar las bases de lo que es llamado la Gran Obra.
Estos detalles de la vida secreta de Sédir muestran su gran preocupación por la verdad que lo ha empujado siempre a experimentar una cosa antes de hablar de ella.
En julio de 1897, Encausse le dijo que podía tener la oportunidad de conocer a un sanador fuera de lo común: Nizier Philippe (1849-1905) — llamado «Monsieur Philippe» o «Maître Philippe». Este hombre suscitó la admiración y la devoción de los miembros más importantes de la escena esotérica de principios del siglo XX, entre los cuales el Dr. Gérard Encausse (Papus) y el Dr. Emmanuel Lalande (el «Dr. Marc Haven»), Georges Descormiers (Phaneg). Sédir fue presentado en la estación de Lyon, en París, presentado por la señora Encausse. El aspecto de buen padre de familia de Monsieur Philippe le causó una gran turbación y en agosto, partió a Lyon a pasar sus vacaciones y lo que pasó entonces permanece secreto.
Más tarde, en su obra «Iniciaciones», Sédir nos da una idea de ello, pero en el momento, quedó trastornado y el Maestro habiéndole aconsejado tener paciencia antes de abandonar todas sus actividades, obedeció y esperó la orden de su misión.
Sufriendo el ascendiente del sanador y extasiándose con sus enseñanzas tan puras y tan directas, Sédir y Marc Haven crearon una nueva sociedad rosacruz completamente impregnada de la influencia de Monsieur Philippe, la Fraternitas Thesauri Lucis o FTL, destinada a reunir «las más altas iniciaciones y transmitirlas a los mejores estudiantes de los otros organismos» que dirigían.
La iniciación era muy pura y esencialmente crística, según Sédir que fue su principal animador.
La misión de Sédir se había afirmado, su encuentro de Lyon había cambiado su orientación. Algunos meses más tarde, dimitía de todas las sociedades herméticas (25 tanto en Francia como en el extranjero) para consagrarse únicamente a vivir y difundir el Evangelio.
En adelante, ya no hizo en la Escuela hermética más que cursos sobre el Evangelio. Y esto duró hasta 1908.
Recordemos que Sédir había conocido a Papus en 1889 y le había servido como colaborador en todas sus formaciones hasta 1898. Siempre se había mostrado para él un excelente amigo hasta el día en que una idea extraña pasó por la cabeza de Papus, de que Sédir buscaba dañarlo pasándose a los Teósofos, entre otros.
Cuando se dio cuenta de su desconfianza creciente, Sédir cesó entonces sus trabajos de secretario. El malentendido causado por la orientación de Sédir hacia el solo misticismo, y su rechazo completo del ocultismo bajo todas sus formas, duró mucho tiempo. Fue en los jardines del 71 de la calle de la Asunción en París que, más tarde, los dos amigos se reconciliaron.
Hasta entonces, Sédir no había pensado en casarse, y fue en Lyon donde la idea de un hogar le vino. Su primera compañera, Alice Perret-Gentil, fue en todo punto la esposa ejemplar y la compañera que compartía su ideal. Cosía y a veces trabajaba a domicilio. El matrimonio tuvo lugar el 13 de junio de 1899, Sédir tenía 28 años. Se instalaron en Montmartre donde vivieron 10 años felices, Alice Le Loup ocupándose de sus deberes domésticos, copiando artículos y manuscritos, visitando a los enfermos y ayudando a los desafortunados.
En mayo de 1905, Sédir pasó aún sus vacaciones con Alice su esposa junto a aquel que lo era todo para ellos. Fue ella quien había expresado el deseo, sabiendo que el tiempo que le quedaba era contado, pues la enfermedad de la que estaba afectada era incurable. Fue en Bourg-la-Reine donde la joven pareja fue a encontrar calma y reposo, en un pabellón denominado «La Soledad», no lejos de la morada de Médéric Beaudelot, el editor de la revista Psyché.
La muerte de su esposa, ocurrida el 23 de abril de 1909, precipitó la orientación de la vida de apostolado de Sédir. En ese momento, molesto por las enseñanzas de magia, de sugestión, de adivinación que se daban, y que en conciencia ya no podía públicamente aprobar, molesto igualmente por la etiqueta de ocultista que el público le conservaba, dejó la Escuela hermética, explicando sus razones a Papus. Ciertamente se sintió herido. Sédir permaneció dos años en silencio; y no fue sino después, a petición expresa de algunos amigos como Georges Allié o Émile Besson, que organizó sesiones de «Amigos».
En 1910, el movimiento ocultista disminuyó en intensidad y descendió la pendiente tan rápido como la había subido. Un viento de tempestad soplaba, sembrando el desconcierto en las tropas separadas de sus jefes: Papus fue desplazado por Téder, Marc Haven se instaló en Lyon cerca del Señor Philippe, de quien se convirtió en yerno. Sédir tiró la toalla, hastiado por las rivalidades surgidas en los diferentes grupos, cansado, desgastado por las investigaciones ocultistas, dimitió de las últimas sociedades que animaba para consagrarse a una vía aún más mística.
No obstante aceptó la dirección del Velo de Isis que le confió Papus en diciembre de 1909 y prosiguió sus conferencias sobre temas evangélicos. En 1912 estas conferencias lo llevaron hasta Varsovia.
En abril de 1913 Sédir se instaló en el 31, rue de Seine. Es el apogeo de su carrera de hombre público. Al mismo tiempo, su actitud cambió, su personalidad se afirmó, el bohemio se convirtió en un hombre cuidado, elegante incluso. Su cuerpo se desarrolló y el atleta apareció pronto. Se había dedicado a la cultura física, se había interesado en los perros, en los Briard en particular sobre los cuales por cierto escribió un libro.
A diferencia de ciertos grandes Maestros, Sédir permaneció siempre humilde. Su voz estaba en armonía con él, fue el Príncipe de los oradores, pues esta simplicidad, esta claridad, esta nitidez en la elocución, sin ningún efecto grandilocuente, esta voz era la voz de la Verdad.
Para satisfacer al público, para poder ser introducido en los medios burgueses, cuidó su apariencia para no chocar, lo que no le impedía recoger las confidencias de los obreros, de los sirvientes y aconsejarlos o reconfortarlos y ayudarlos como lo hacía con los grandes de este Mundo.
Visitó las exposiciones, se mantuvo al corriente del mundo, de manera que podía discutir de todo con las personas más calificadas en arte, en arquitectura, en mecánica, en ciencias, en matemáticas.
Los fieles siguieron sus conferencias en los diferentes lugares donde iba: en casa de Chamuel, rue du Bac, rue Cardinet, luego en el Hotel de las Sociedades Sabias, luego frente a Saint-Germain-des-Prés, en la gran sala para el Fomento de la Industria Nacional, en las Universidades populares, Boulevard Raspail, en la Universidad Mercereau donde habló por última vez.
Sédir se casaria nuevamente, el 30 de mayo de 1921, con Jeanne Jacquemin (1863-1933). Esta mujer, a quien conocía desde 1905, es misteriosa. Tendrá propósitos muy curiosos respecto a ella. Sabiéndola enferma, de una enfermedad misteriosa también, exhorta durante más de diez años a sus amigos a rezar por ella... para que Jeanne Jacq (sic) sea protegida de la enfermedad y de la intriga odiosa:
Jeanne Jacquemin. Les he pedido rezar para que esta mujer sea salvada no sufriendo y se vaya como lo deseaba. No han sido escuchados completamente ni en un sentido ni en el otro. Y sin embargo, la enferma ha sentido el efecto de sus oraciones. Varios días, mientras los médicos la consideraban como muerta, ha sentido alrededor de su lecho los susurros de las alas de los ángeles, y la acción de los auxiliares encargados de colaborar con nosotros.
Les digo algunos detalles sobre esta mujer, tanto más que estamos juntos ahora, es un poco a ella que debemos esta felicidad de trabajar unidos en el impulso de un esfuerzo común. En el plano de la cultura humana ordinaria, supera a las más avanzadas; ha leído todo, y experimentado todos los modos del pensamiento humano, desde la fisiología hasta el misticismo. Los escritores más raros no tienen matices que ella no capte. Por lo demás ha tratado sus lecturas como experiencias sobre la mesa del laboratorio. Ha proporcionado ideas a toda una generación de intelectuales y artistas y ejercido sobre ciertas personalidades, incluso políticas, una influencia decisiva. No hablo de su papel de esposa y madre, donde siempre ha cumplido más que su deber. En una palabra, siempre he visto a los caracteres más nobles, las inteligencias más bellas, y las sensibilidades más finas, inclinarse ante ella. Como su carácter es entero, y no escatima sus opiniones, tiene muchos enemigos entre las mujeres mediocres en lo moral, o poco inteligentes o arribistas. La calumnia y la maledicencia han dicho todo sobre ella.
He aquí las raíces de este destino extraordinario. El mundo moderno se ha lanzado desde hace cuatro siglos de cuerpo y alma en la intelectualidad. En lo cual ha faltado de confianza en Dios. Si Dios no fuera más que justo, lo habría dejado llegar hasta el final de esta vía, tropezando y sufriendo los vértigos de estas cumbres desoladas. Pero el Padre es bueno también, y su bondad detiene a menudo su Justicia. Ha enviado pues para ahorrar a esta civilización cerebral sufrimientos demasiado desoladores, de tiempo en tiempo, seres extraordinariamente dotados de inteligencia, saturados de Espíritu, y al mismo tiempo provistos de la mayor pureza moral. Son extranjeros a esta tierra, habitantes de mundos donde, tal forma de belleza, los colores, los sonidos, las ideas pudieron vivir tan poderosamente, que allí sirven de lenguaje. La Mujer de quien les hablo – su espíritu – viene de uno de estos planetas del Cielo. Por eso sirve aquí abajo de blanco a todas las envidias, a todas las mezquindades y a todas las mediocridades; y sufre corrientemente en su cuerpo y en su interior, de todas las enfermedades y de todos los dolores nacidos del exceso de cerebralidad ambiente.
Ven que la petición que les he hecho en su intención era legítima.
Pero la continuación de existencia que le ha sido propuesta en su lecho de agonizante y que ha aceptado por séptima vez en su vida, desprende para nosotros, una lección. Debemos estar atentos a que los amigos de Dios sufren por nosotros; ustedes mismos extraerán las conclusiones de esfuerzo que se desprenden de todo esto. No puedo decirles nada más de los secretos que no son míos.
Sédir debía criar a los dos hijos de la Señora Jacquemin, nacidos de un matrimonio anterior.
En enero de 1926, Sédir se dirigió a l´Arbresle por invitación del señor Chapas (1863-1932), quien continuaba con la más profunda humildad la obra de aquel a quien llamaban su Maestro, el señor Philippe.
Al recibir esta invitación, Sédir no debía manifestar más que poco entusiasmo ante la idea de este desplazamiento. Émile Besson, habiéndole expresado espontáneamente el placer que tendría de dirigirse allí en su compañía, Sédir le dijo inmediatamente: «Pues bien, iremos.» Al día siguiente, tomaron el tren hacia Lyon.
Durante los momentos pasados en compañía del señor Chapas, Sédir, quien deseaba poseer una foto del señor Philippe, se la pidió. Pero el señor Chapas era muy austero con este tipo de obsequios, y respondió: «No poseo ninguna por el momento.» Entonces Sédir no insistió.
La señora Chapas, sorprendida por esta respuesta y aprovechando un momento de ausencia de Sédir, preguntó a su marido: «¿Por qué no le has dado el gusto?»
Y el señor Chapas, enigmático, respondió: «Es inútil... pronto sabrás por qué.»
Émile Besson registró la curiosa respuesta sin pensar en deducir nada de ella, y reapareciendo Sédir, todo el mundo se fue a acostar.
Bastante cansado, Émile Besson se durmió enseguida, pero por la mañana, despertando descansado, y volviéndose hacia la cama de Sédir, vio a este último con los ojos abiertos, los rasgos demacrados, agitado.
—¿Ya despierto? le dijo.
—No he cerrado los ojos en toda la noche, le respondió Sédir, tanto frío he tenido en esta cama. Imposible calentarme... No prolongaremos nuestra estancia, y regresaremos a París hoy mismo.
De vuelta en París, se quedó en casa de su amigo Robert de Graffenried, que habitaba un pequeño hotel en Passy, 33 rue Henri Heine. En el segundo piso le habían reservado una habitación y un despacho donde no cesaba de trabajar en las tres conferencias sobre El Sacrificio que había anunciado para febrero de 1926. La muerte le impidió dar estas conferencias, que fueron editadas por Albert Legrand.
Una gran fatiga lo marcaba cada vez más, algunas palabras de cansancio a veces se le escapaban.
«El 15 de enero de 1926, saliendo del local de la rue de Seine, hicimos aún a pie con él el camino hasta la place du Théâtre Français, donde fuimos, conversando, a tomar cervezas. Sédir "se dejaba desplumar" teniendo al mismo tiempo placer en acariciar a su perra o darle de comer. Esa noche, unos escalofríos lo obligaron a tomar un taxi y regresar más temprano que de costumbre.
El lunes por la mañana, Émile Besson llamó a la puerta de Sédir y una voz lejana lo invitó a entrar. Penetrando en la habitación, lo encontró en cama, febril, cansado, su perro cerca de la cama. Sintió que algo insólito había pasado allí. Ningún objeto había sido movido, pero reinaba un ambiente de drama. El único testigo de esa noche, Guérotte, la perra de Sédir, se lanzó asustada hacia el visitante, luego fue a acostarse junto a la cama de su amo. Lo interrogó. Sédir sufría de violentos dolores en la cabeza, con una fuerte fiebre.
—¿No estas bien? le dijo.
Émile Besson, sorprendido y poco acostumbrado a ver a su amigo en cama, se inquietó y habló de ir a buscar un médico.
—¿Para qué? le replicó Sédir, ¿crees que eso cambiará algo?
Insistiendo afectuosamente, el 31 de enero por la mañana, el Doctor Gaston Sardou, conocido por su ciencia, fue llamado a su cabecera. Pero el Dr. Sardou estaba en Niza, y no podía, desde lejos, dar ningún consejo. Esa misma noche, recibió una nueva comunicación telefónica de Émile Besson, diciéndole que el enfermo se estaba muriendo. Tal fue el preludio del fin. Diagnóstico: septicemia.
«La puerta del enfermo fue consignada, salvo para tres amigos que regularmente vinieron junto a él... El tren de vida del amigo en cuya casa Sédir se alojaba había permitido organizar enseguida una rotación de enfermeras y, cuando se declaró la fiebre tifoidea, pues la segunda toma de sangre detectó claramente la fuente del mal, el despacho contiguo a la habitación se transformó rápidamente en un cuarto de baño.
Día a día el mal hacía su obra y el viernes siguiente, era visible que el enfermo se debilitaba; el corazón comenzaba a dar serias inquietudes a la Facultad. Al principio, mientras que, sin conocer la causa, se combatía la fiebre, el aspecto de Sédir era impresionante de desorden y agitación.
Los ojos particularmente impresionaban, pues si, en tiempos ordinarios, su miopía los mantenía casi entrecerrados, entonces, en el delirio, sin ver y ampliamente abiertos a imágenes alucinantes, sus enormes y sombras pupilas rodaban sin cesar en órbitas hundidas y amoratadas; la barba había crecido, los labios secos y entreabiertos sobre una tez aún más mate daban a este rostro un aire de supliciado.
Sucediendo a esta febrilidad, la agitación era extrema; luego venía un período de postración con el retorno de una lucidez que había que manejar con cuidado. El domingo, los baños, los antitérmicos no habiendo podido reducir la marcha de la temperatura, el corazón que fallaba debía ser sostenido... El lunes y el martes pasaron, pero los pulmones también se afectaron, la opresión iba aumentando; el miércoles, la fuerza de resistencia estaba agotada, ¡la hora iba a sonar! La mañana había dado algunas inquietudes y el teléfono funcionaba sin cesar; los anfitriones y dos amigos epilogaban en la sala, cuando, hacia las 4 de la tarde, la enfermera nos invitó a subir; el fin se acercaba.
La habitación, en el segundo piso, estaba más silenciosa que nunca; flotaba allí una impresión de presencia, la de la gran Mensajera viniendo a cumplir su tarea.
Medio corridas, las cortinas dejaban pasar una luz gris; el enfermo, acostado en medio de la habitación, elevado por almohadas, dominaba aún la situación.
Nuestras cuatro sombras temerosas de emoción se habían deslizado en la habitación; Sédir, adivinándonos más que viéndonos, hizo un gesto con el brazo izquierdo, del lado de la ventana, como para atraernos hacia él.
La amiga que lo recibía vino llorando a desplomarse al pie de la cama, mientras que la larga mano diáfana se había puesto a acariciarle afectuosamente la cabeza; luego, atrayéndola suavemente, la besó en la frente y su marido, que la sostenía, tendió igualmente la suya. No se pronunció ni una palabra, el agonizante no pudiendo, tampoco la garganta cerrada de los asistentes. Solo la gran mano hablaba en el silencio. En un nuevo gesto, invitó a los otros dos amigos a venir también a recibir el beso de paz... el último. La imagen de Cristo, que estaba colgada en la alcoba vacía, le fue presentada y, en una larga mirada adorante, la de toda su vida, se detuvo el último esfuerzo... La cabeza, que se había levantado, volvió a caer, el aliento ralentizándose duró aún para detenerse definitivamente aquí abajo a las 18 h 45.
Esa noche, tres amigos velaron a aquel de quien habían recibido tantas alegrías profundas. La cama había sido puesta de nuevo en la alcoba. Afeitado, hecho el aseo, Sédir había recuperado casi su aspecto normal. Sin embargo, la muerte había como burinado sus rasgos; a la línea muy pura de la frente seguía la de una nariz más aguileña de lo que era en vida. La boca neutralizaba una máscara inesperada y fuerte, la del corsario del cual un origen lejano quizás le había dejado algunas huellas, reflejo probable de uno de los aspectos del carácter rudo y orgulloso con el cual había debido batallar toda su existencia...» Su muerte súbita, el 3 de febrero de 1926, causó consternación entre sus amigos.
Previsible, sin embargo, cuando se conoce al hombre: a finales del mes de octubre de 1925, confiaba a ciertos amigos: «He dicho todo, he escrito todo, ya no tengo nada más que decir.»
También estaba la curiosa respuesta del señor Chapas que sabía que este fin se acercaba, durante la visita a l´Arbresle...
El sábado 6 de febrero, después de un servicio religioso celebrado a mediodía en la iglesia Notre-Dame de la Miséricorde, fue conducido, desde el fondo de Auteuil, hasta el pequeño cementerio situado detrás del Sacré Cœur a unos pasos de la rue Girardon, dirección de sus comienzos.
El cortejo, de una clase excepcional donde Borniol había desplegado todas sus pompas, precedía el largo cortejo, hecho de taxis, de calesas y de una multitud inmensa de amigos, simpatizantes y desconocidos. Al paso lento de cuatro caballos enjaezados, el coche fúnebre plateado y emplumado llegó al pequeño cementerio Saint-Vincent. Durante algunas horas, incluso bloqueó la place de Étoile, como contaron los periódicos. En el cementerio, el ataúd de madera preciosa fue depositado en tierra, la tapa fue desatornillada; los sepultureros sacaron de él un ataúd de madera común, el de los miserables, que fue descendido a la fosa.
