En la época en que trabó amistad con Goethe, Schiller se hallaba preocupado por infinidad de ideas expresadas en sus «Cartas sobre la educación estética del hombre". Las conversaciones y la correspondencia que intermediara en aquellos tiempos entre Schiller y Goethe, les condujéron, al fin a las ideas en ellas expresadas.
Schiller planteóse la cuestión en la forma siguiente: ¿En qué estado de desenvolvimiento interior podía el hombre pretender al cumplimiento pleno de su misión? Cada hombre lleva en sí mismo un «ser ideal» que corresponde a sus aptitudes y a su individual misión. La grande labor de nuestra existencia estriba en sintonizarnos, a través de todas nuestras metamorfosis, con esta unidad de nuestra naturaleza. (Cuarta carta de Schiller).
Schiller intentó tender un puente entre el hombre de la realidad cotidiana y el ser humano ideal. Existen en el hombre dos tendencias, que al manifestarse aisladamente se alejan de la ideal perfección. Son la tendencia sensual y la tendencia racional. Cuando la tendencia sensual prepondera, el hombre sucumbe a sus instintos y pasiones. Una fuerza de opacidad se mezcla a sus actos conscientes y turba su visión interior. Su actividad no es más que el reflejo de una necesidad subjetiva.
Cuando la tendencia racional domina, se siente el hombre conducido a reprimir sus instintos y pasiones y se rinde a otra necesidad abstracta que no sustenta ninguna calidez interior. En ambos casos el hombre se halla sujeto a un yugo, En el primero la naturaleza sensual subyuga la espiritual. En el segundo, la espiritual reprime la sensual.
Ni una ni otra de estas dos tendencias puede conducirnos por sí sola a la plena libertad, a la expansión del meollo personal de nuestro ser, porque significan la mitad del camino que dista de la naturaleza sensible a la pura espiritualidad.
Su desenvolvimiento no puede efectuarse más que en la armonía de ambas naturalezas. No es conveniente ahogar la sensualidad, sino ennoblecerla. Es necesario que la espiritualidad se infunda en los instintos y las pasiones para que se conviertan en instrumentos de manifestación del espíritu.
Y por lo que a la razón atañe, es preciso que intervenga en el alma humana para que elimine de los instintos y pasiones, toda violencia. Y hay que lograr que el hombre llegue a ejecutar cuanto le aconseje la razón como si se tratara de un hecho instintivo e imprimir en su realización toda la fuerza de pasión que sea capaz.
«Cuando experimentamos un sentimiento apasionado ante una persona que no merece más que menosprecio, la fuerza sojuzgadora de la naturaleza se nos aparece en toda su crudeza. Cuando sentimos enemistad hacia un ser digno de nuestra estima, la fuerza sojuzgadora de la razón nos domina. Pero desde el momento en que nuestra preferencia y nuestra estima se conquistan simultáneamente, la tiranía de la naturaleza y la tiranía de la razón desaparece y entonces comenzamos a amar realmente.
Una liberada personalidad fuera aquella en que a través de la sensualidad se revelara tanta espiritualidad como mediante el ejercicio de la razón, y en la que la razón atesorara toda la elementaria fuerza pasional.
Schiller anheló fundamentar la armonía de la vida colectiva en las sociedades humanas sobre el libre desenvolvimiento de la personalidad. La realización de una existencia plenamente humana se unificaba estrechamente en su espíritu con la de la armoniosa constitución de las sociedades humanas. Tal era la solución ofrendada por Schiller a los grandes problemas que la Revolución Francesa planteaba en aquellos tiempos ante la conciencia de la humanidad.
Goethe se hallaba totalmente compenetrado con tales conceptos. El 26 de octubre de 1794 escribía a Schiller, con motivo de sus «Cartas estéticas»: "He leído de corrido y con inmenso placer, el manuscrito que habéis tenido a bien enviarme. Lo he devorado en una sola lectura. A semejanza de una bebida deliciosa bien acordada a nuestra naturaleza que se traga fácilmente y deja en la lengua una agradable sensación que comunica al sistema nervioso su acción benéfica, así vuestras cartas han sido para mí motivo de gozo y beneficio. Y no podía ser de otra manera, puesto que en ellas he hallado expuestas, de manera noble y lógica, ideas que tengo yo aceptadas durante mucho tiempo y que en
parte he vivido y en parte anhelo vivir".
En sus "Conversaciones" Goethe describe una familia fugada de regiones devastadas por la guerra. Las conversaciones habidas entre los distintos miembros de tal familia exteriorizan a nuestros ojos las diversas sugestiones desveladas en el espíritu de Goethe como resultado de su intercambio de ideas con Schiller.
Las "Conversaciones" giran en torno de dos pensamientos fundamentales. El primero concierne a ciertos hombres que siempre creen reconocer, en los acontecimientos de su vida, relaciones emanadas de la realidad sensible. Los relatos que integran los "Emigrados" son, en parte, simples historias de tránsfugas. Los demás se relacionan con experiencias que parecen revelar, en vez de acontecimientos naturales, alguna circunstancia maravillosa. Goethe no compuso estos relatos seguramente para halago de cualquier superstición. El sentimiento que los inspirara era mucho más profundo. Nada más alejado de él que esta placentera sensación de pseudo misticismo que experimentan ciertas personas ante los relatos de hechos aparentemente sobrenaturales: hechos que los «estrechos límites» de la razón y los regulares encadenamientos de los hechos «no pueden explicar».
Pero Goethe no cesaba de exponer la cuestión siguiente: ¿No existe caso en el alma humana la posibilidad de liberarse de las representaciones que son fruto de la percepción sensible y asir el mundo suprasensible por la pura percepción espiritual?
Es normal para el ser humano aspirar a una actividad semejante que pondría en juego, en una forma original, sus facultades de conocimiento. Puede existir una relación real, aunque oculta para los sentidos y el entendimiento, entre nuestro mundo y un mundo suprasensible. Y la inclinación que ciertos seres experimentan hacia ciertos hechos inexplicables que parecen romper la natural concatenación de las causas, no es otra cosa que una deformación pueril de la nostalgia de toda alma hacia el mundo espiritual.
Goethe interesóse mucho más por la particular orientación que toman las facultades del alma tendientes a la superstición, que por azaroso contenido de las historias que en los espíritus infantiles engendra el placer de lo inexplicable.
La segunda de las dos ideas centrales en cuyo torno giran los relatos, concierne a la vida moral del hombre y consiste en que éste encauce sus móviles morales, no en la esfera de los sentidos, sino en un mundo de impulsos superiores que lo eleven mucho más allá de la sensualidad. El dominio moral no puede existir más que cuando una multitud de energías suprasensibles irrumpen en la ordinaria vida del alma humana.
Los rayos que emanan de estas dos ideas fundamentales se pierden en el infinito del mundo espiritual. Y funden todo el problema del íntimo ser humano y de sus relaciones con el mundo sensible por un lado y con el mundo suprasensible por el otro.
Schiller abordó este problema en forma filosófica, en sus «Cartas estéticas». Mas para Goethe, el camino de la abstracción filosófica no era asequible. Y encarnó en imágenes todas las ideas que sobre tales temas sustentara.
Artículo aparecido en la Revista "Teosofía" de septiembre 1932.
