Para aquellos que asisten a la celebración de la Santa Misa Gnóstica y participan en ella mediante la comunión, es necesario aclarar algo muy importante para que puedan comprender el valor de esta celebración. Para ello tendremos que remontarnos a la época en que se consumó el Misterio del Gólgota, en el que el Maestro Jesús se sacrificó para que la humanidad pudiera encontrar el camino de la salvación.
Hasta entonces, la humanidad se había ido sumergiendo en la materia del Mundo Físico por el camino de la involución, con el fin de poder certificarse de su valor, como material indispensable para su aprendizaje, para adquirir la individualidad. La mayoría de la humanidad había llegado al punto final en la gran decisión y se había identificado de tal manera con la materia, que se hacía necesario romper el predominio de esta sobre la parte espiritual del ser humano. Era necesario indicarles el camino de la ascensión al Mundo Divino.
Fue entonces cuando, tras una larga preparación, surgió en el plano físico el espíritu elegido del Maestro Jesús, que recibió el Espíritu Divino y así pudo cumplir su misión. Todos conocemos los relatos de su paso por nuestro plano, que culminaron con su crucifixión. La misión del Maestro Jesús fue mostrar a la humanidad el camino y la posibilidad de elevarse a los mundos espirituales.
Él predicó y enseñó cómo esto era posible, y sabiendo que su permanencia entre los hombres no podría prolongarse mucho, preparó a un grupo de discípulos para que pudieran continuar su obra. Pero aún faltaba el drama final para coronar su obra, y ese final llegó con la crucifixión, pues sin ella no podría estar completa.
Era necesario que se hiriera su cuerpo físico, para que su sangre se derramara e impregnara la Tierra de sustancia Crística, a fin de establecer el equilibrio de las Fuerzas espirituales y facilitar la ascensión del espíritu humano, ahora tan decaído. Pero así pudo iniciar la evolución en espiral, aunque con seguridad.
La celebración de la Santa Misa es, simbólicamente, la continuación de aquel sacrificio del Gólgota, pero real cuando el sacerdote tiene el poder de la sabiduría y la fe. Allí se sacrificó el cuerpo de Jesús para que su sangre derramada pudiera purificar la Tierra y restablecer el equilibrio espiritual, y la humanidad pudiera elevarse.
En la celebración de la Santa Misa, sacrificamos EL PAN Y EL VINO COMO SÍMBOLOS DEL CUERPO Y LA SANGRE DE JESÚS para purificar la Tierra, que es nuestro físico, a fin de que nuestro espíritu pueda elevarse al Mundo Divino.
Toda la preparación y todo el ceremonial que se lleva a cabo en la Misa es para que el sacerdote, al llegar al punto culminante, pueda evocar y atraer la energía y la sustancia Crística para impregnar y transubstanciar el Pan y el Vino, que serán administrados a los fieles.
Es a esto a lo que se dirige toda la atención y actividad del Sacerdote, cuando se encuentra frente al Altar, para formar el canal por donde descienden las fuerzas que realizan la transubstanciación del Pan y el Vino en el cuerpo y la sangre de Nuestro Señor Cristo en Jesús.
A los fieles les corresponde un gran papel en la sublimidad de esta ceremonia, que es el de colaborar conscientemente en la preparación del ambiente para una mejor recepción y distribución de la energía Crística. En la meditación y la comprensión de este trascendental Ministerio está la clave de nuestra regeneración y nuestra Evolución.
